Ridley Hayim Herschell

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El Rvdo. Ridley Hayim Herschell, nació en Stozelno (Posen), el 7 de abril, 1807, fue criado estrictamente, junto con sus cuatro hermanos, en la ortodoxia judía. Desde joven, tenia el deseo de convertirse en un rabino, y dejo su casa con el propósito de inscribirse en una escuela rabínica. Durante sus viajes fue sobrepasado por rateros, pero logro escapar. A la edad de catorce años, llego con el rabino Aron en el pueblo donde su abuelo, Hillel vivía; allí se quedo dos años entre los chasis, siguiendo, en su comportamiento, inútilmente para ser perfectamente justificado ante Dios. Cómo él llego al conocimiento de Él quién es el Señor de nuestra rectitud, él mismo documentó en las siguientes paginas:

Teniendo padres devotos gracias a Dios, su gran preocupación era de causarme una impresión en mi mente con profunda reverencia así a Dios y a las Sagradas Escrituras, desde mi niñez. Me enseñaron a repetir mis oraciones por la mañana y tarde con gran solemnidad; en los días de fiesta mi atención era particularmente atraída así a las impresionantes confesiones en nuestra liturgia, “Es por nuestros pecados , que fuimos impulsados de nuestra tierra, &c.. En el Día de la Expiación yo acostumbraba a ver a mis padres devotos llorar cuando repetían las patéticas confesiones que seguían la lista de los sacrificios fijados por Dios para ser ofrecidos por los pecados de omisión; muchas veces derramé lagrimas de compasión al unirme a ellos al decir, que no teníamos ningún templo ahora, no teníamos un sumo sacerdote, ni altar y ningún sacrificio. Avanzando de edad y conocimiento, mis impresiones religiosas se hicieron más fuerte; temor y temblor, a menudo me agarraba; ¿que era entonces mi refugio y cual era el bálsamo para mi espíritu herido? Repitiendo más oraciones, y pidiéndole a Dios que acepté los becerros de mis labios. Esto satisfacía a mi mente por ahora; pero la satisfacción surgió por la ignorancia así a Dios como un Ser justo y sagrado y de mi estado de pecador culpable, de cual labios sucios proceden oraciones, no podrán ser aceptados como sabroso sabor por el tres veces Señor Dios de Hostias.

Yo continué en este estado de mente hasta los dieciséis años de edad. Durante este tiempo de mi vida, con frecuencia pasaba tres noches sin dormir por semana, estudiando el Talmud y otras obras hebreas. También me comprometí a aprender de memoria varios capítulos de los profetas cada semana, de manera que esté suficientemente familiarizado con el lenguaje hebreo para escribir con el. En este tiempo conocí a un judío polaco, quién había estudiado varios años en la universidad de Berlín y por consecuencia se había familiarizado a la literatura no judía o gentil. Firmemente me aconsejó que diera por terminado el estudio del Talmud, y que me dedicara a estudiar la literatura Alemana y secular. Después de una lucha difícil con mi espíritu, me decidí a seguir su consejo y decidí hacerlo. No solo había un cambio entero en mis costumbres y en la vida que llevaba.

Muchas cosas que yo antes, consideraba partes esenciales de mi religión, eran consideradas por mis compañeros de curso, alt modisch (anticuadas), no apto para la aufgeklarten (iluminación). Al principio mi conciencia estaba muy molesta y yo a menudo estaba muy triste; pero, después de un tiempo, estos sentimientos desaparecieron; me ajusté a los modales de mis compañeros, y también viví como un cristiano; como los judíos de allí, solían decir de tal hermanos a medida que no tienen temor a Dios, ante sus ojos. Yo formé amistad con varios gentiles jóvenes; esto ahora puedo hacer imponentemente, mientras que ni yo y ni ellos nos mortifiquemos por la religión de cada uno; ninguno de nosotros, en realidad, teniendo alguna, aunque ellos mismos se llamaban cristianos, y yo era un judío. La única cosa que me recordaba a que gente yo pertenecía, era la mirada de desprecio, que recibía de vez en cuando, de los cristianos; y los niños pequeños me llamaban por las calles “Judío, Judío”. Entonces, efectivamente, yo me di cuenta que yo pertenezco a la gente que se a convertido en un refrán y un sinónimo entre los gentiles.

Recuerdo muy bien la primera vez que oí de uno de mis hermanos se fuera convertido en cristiano. Yo era un judío muy joven, quién era aprendiz de un tendero de la ciudad donde yo estudiaba. Mi opinión sobre judíos conversos al cristianismo era, que ellos renunciaban a su privilegio y obligación nacional; que ellos mismos se habían separado del convenio que Dios hizo con Abran, Isaac, y Jacobo, y públicamente se asociaron a los gentiles impíos, que viven sin Dios y sin ninguna esperanza en este mundo. Aunque ahora había dejado a un lado muchas de las prácticas externas de la religión judía, todavía tenia un fuerte apego a las doctrinas fundamentales de la fe judía, porque las creía ser de origen Divina. La idea de algún judío convirtiéndose en cristiano, por lo tanto, me parecía una apostasía espantosa; y miré al joven antedicho con la compasión y el desprecio mezclados, como alguien quién había renunciado a Dios, y rendido toda esperanza de vida eterna.

Pasé en silencio recordando todos los años que fueron devotos al mundo, y los efectos del mismo; durante en cual obtuve tal medidas de conformidad a los costumbres de mi religión, a medida que los consideraba respetables y constantes; pero mis convicciones y impresiones anteriores estaban desvanecidas y olvidadas; pertenezco a esa clase quién el Salmista designa “hombres del mundo, quién tienen su porción en esta vida”.

Al pasar el tiempo, el Señor puso Su mano sobre mi. La muerte de mi querida madre, cuya ternura así a mi yo recuerdo todavía, con la más grande gratitud y afecto, fue un duro golpe para mi, me hundí en el más grande dolor. Después me visito la enfermedad, y mucha angustia de conciencia. Lo que entonces aguanté solo se puede expresar en la lengua del sexto Salmo. Solemnemente juré en convertirme religioso; decidí estar en ayunas un día cada semana, repetir muchas oraciones y mostrar bondad y caridad a los pobres. Pero esto no podía apaciguar a mi sucia conciencia, cuando mi estudio de literatura alemana había debilitado mi confianza en observaciones religiosas, me había empujado de mi misma religión y no me dio nada que la remplazara en su lugar.

Un día me encontraba con angustia profunda de espíritu, sintiendo, como lo expresó David, que yo me había hundido en profundo fango, donde no hay en que pararte; que todos mis esfuerzos para liberarme fueron en vano, mi lucha solo me hizo hundirme más profundo. Por primera vez en mi vida, yo, de improviso empecé a rezar. Llorando, le dije a Dios, ‘No tengo quién me ayude, y no me atrevo acercarme a ti, siendo culpable; Socorro, O ayúdame, por el bien de mi padre Abran, quién estaba dispuesto a ofrecer la vida de su hijo Isaac, ten piedad de mi y atribúyeme su rectitud así a mi; pero no había respuesta de Dios, ni paz para mi espíritu herido. Me sentía como si Dios me hubiera abandonado; como si el Señor me hubiera echado lejos de Él para siempre, y no me favorecía más. Completamente comprendía las palabras del Salmista, “Mis inquietudes me han amarado, hasta el punto que no me atrevo a ver así arriba; son más numerosas que los cabellos en mi cabeza; por lo tanto, mi corazón me a fallado” (Salmos 40:12); yo sentía que mis ejercicios de devoción eran lo que el profeta Isaías fue instruido a declarar que las ofertas y sacrificios de los Judíos para ser ofrendas, en su día eran en vano y una aversión en los ojos de Dios.

Estaba lejos de mi casa y de mis parientes; y de mis alegres compañeros. Viendo que mi alma estaba deprimida, aunque ignorante de la verdadera causa de mi depresión, seriamente me animo a frecuentar los teatros y otras diversiones públicas, para alegrar mi espíritu. Al principio esto en parte tuvo éxito; pero la bondad compasiva de Dios no me dejo solo con mis recursos, sino amablemente se interpuso, y de nuevo despertó en mi a buscar una felicidad más sólida.

Dios, en su tierna misericordia, otra vez interrumpió y inquietó tanto a mi conciencia que por completo me dí cuenta de las palabras del Salmista, “Estoy preocupado, estoy muy doblegado, lloró todo el día, mis lomos están llenos con una enfermedad detestable, y no hay solidez en mi carne. Estoy débil y dolorosamente con el corazón partido; he rugido por la razón de la inquietud en mi corazón” (Salmos 38: 6-8). No tengo paz ni descanso; pero a donde yo fuera, o cómo fui empleado, yo cargue más o menos conmigo un sentido de miseria que era intolerable. Puedo decir con Job, “Las flechas del todo poderoso están dentro de mi, el veneno que se a tomado a mi espíritu” (Job 6:4).

Una mañana fui a comprar un articulo en una tienda, sin saber que Dios tenía allí reservado para mi ‘la perla de gran preció’, cual Él estaba por darme, ‘sin dinero y sin ningún preció’. El articulo que compré estaba envuelto en una hoja de la Biblia que contenía una porción del Sermón en el Monte. El tendero era, probablemente, un descreído, quién creía que la Biblia era solamente un desgaste de papel; pero Dios anulo lo malo por lo bueno. Caminando así a casa mis ojos, echaron una hojeada, sobre las palabras: “Benditos son aquellos que lloran, porque ellos serán consolados”. Esto llamo mi atención y seguí leyendo el pasaje completamente con gran interés.

‘Benditos sean los pobres en espíritu, para ellos será el reino del cielo. Benditos son aquellos que lloran, porque ellos serán consolados. Benditos son los sumisos, porque ellos heredarán la tierra. Benditos son aquellos que persiguen y anhelan la rectitud, ellos serán llenados de ella. Benditos son los compasivos, porque ellos obtendrán misericordia. Benditos son los puros de corazón, porque ellos verán a Dios. Benditos son los pacificadores, ellos serán llamados hijos de Dios. Benditos son aquellos que son acosados por el bien de la rectitud, de ellos será el reino del cielo, (San. Mateo 5:3-10).

Me sorprendí mucho con los sentimientos que este pasaje contenía, y sentí un deseo de leer el libro del cual era una porción; no tenía idea de cual libro era, siendo que nunca he visto el Nuevo Testamento. Días después, Dios dirigió mis pasos a la casa de un conocido, de quién copia del Nuevo Testamento estaba sobre la mesa. Obligado por la curiosidad levanté la copia, que tanto despertó mi interés. De inmediato la tomé prestada y comencé a leerla con gran avidez. Al principio me sentí aturdido, me causo gran conmoción la constante repetición del nombre de Jesús, que con repetición aventaba el libro. A lo largo me decidí a leerlo completamente. Cuando llegue al capítulo veintitrés del evangelio de Mateo, asombrado por la revelación completa de la naturaleza del farisaísmo, que en el contenía; y lamentación de Cristo sobre Jerusalén, en la parte concluyente: ‘O Jerusalén, Jerusalén, tú que matas a los profetas, matas a pierdazos aquellos que mando así a vos, con que frecuencia hubiera yo recogido juntos a tus hijos, así como la gallina recoge a sus pollitos bajo sus alas, y tú no lo asías’! me afectó hasta llorar. Leyendo el informe sobre la crucifixión , la mansedumbre y amor de Jesús de Nazaret me asombro; y el cruel odio manifestado así a Él por los sacerdotes y lideres de Israel, me lleno con un sentimiento de compasión por Él, y de indignación en contra de sus asesinos. Pero yo todavía no veía alguna conexión entre el sufrimiento de Jesús y mis pecados.

En 1828 él entro a la institución operativa de Judíos Conversos, en la cual estaba bajo la dirección de Erasmus Simon, y fue bautizado el 14 de Abril, 1830, cuando se puso el nombre de su padrino, el Rvdo. Henry Calbone Ridley. Debiéndose a algunos escrúpulos, él prefirió entrar al ministerio de inconformistas, en la cual él también laboro con entusiasmo por el bien estar espiritual de sus hermanos. Él fue uno de los fundadores de la Sociedad Británica. Entre sus conversos estaba el Dr. A. Furst, un misionero muy hábil de esa sociedad. Ridley Herschell dirigió un periódico titulado, “Voz de Israel”. También escribió un reporte de su viaje a su tierra, “Una visita a la tierra de mi patria”; “Razones por cual yo no soy Católico”. Con la asistencia del señor Culling Eardley él construyo la capilla Trinity, la calle Regent, donde él estaba y uno puede decir, un padre para los conversos en Londres en 1845-6, y ellos le devolvieron su amor presentándole sesenta de ellos con una Biblia poliglota, en ocho idiomas en 1845.